La seño Sere

Testimonio compartido

nadie llega solo a ningún lugar

La serena, evidentemente, no es mi nombre de pila. En mi DNI consta otro nombre, que también es mi nombre. No reniego de él, es parte de mi historia, de quien soy.

La serena me llamaron las compañeras de entonces, en nosedónde. Ya verán.

Ahora soy maestra. No hace mucho. Si bien me siento bendecida de serlo, me da un poco de no se qué decirlo porque en realidad sigo aprendiendo. Pareciera que el diploma en la escuela de la vida también se recibe al final, cuando uno sale, claro, como si dijéramos al egresar de esta vida. Y en orden  a tal, todo lo demás importa.

Hay algo que me ha tocado vivir y quiero compartirlo con quien quiera leerlo. En realidad lo hago en la esperanza de poder ayudar a alguien como me han ayudado.

En la escuela los chicos me llaman la seño Sere. Me presento con este nombre. Me gusta que me llamen así a pesar de cierta parte de mi historia, la que ahora quiero mostrarte por si acaso te sirve. Tal vez debería decir, gracias a lo que me trajo esa parte de la historia durante la cual este nombre me pusieron, es que sé que La sere es mi nombre verdadero.

¡Qué misterio! Pensar que así me llamaron cuando valía menos que ciertos objetos.

Quiero ser llamada con ese nombre. Como dice la canción del río, pero no como reivindicación de lo que perdí, sino porque al dármelo me ayudaron a caminar mi destino. Esa es la primera razón por la cual bajo tal nombre me presento. Pero hay otra. Nunca supe el nombre de algunos de los que me ayudaron a seguir viviendo. De otros sí conozco sus nombres. Otros me han ayudado sin siquiera saberlo.

¡A todos mi agradecimiento!

A los que conozco por su nombre, a los que sólo son un rostro en mi memoria o un sentimiento en mi cuerpo, como Ángel . . .

También a aquellos que pasaron silenciosamente por mi vida pero que de algún modo me ayudaron, vaya a saber si haciéndome lo que ahora se que no se debe hacer, con su bendición, con su compasión, con sus oraciones, o de qué manera.

Sólo sé que sola no podría haber llegado hasta acá. Es obvio: nadie llega solo a ningún lugar, ni siquiera existir se puede. ¿Será por eso que la soledad impuesta duele tanto?

Por mí hace tiempo hubiese dejado de existir la posibilidad de este encuentro. Hay tantas formas de hacer el bien que no pretendo ser yo quien establezca esa lista. Al fin y al cabo lo que cuenta es haber querido el bien, y haberlo hecho lo mejor posible.

Entonces, en homenaje y recuerdo de ellos, esos anónimos que me acompañaron y acompañan, en quienes me apoyo y me sostienen, permítanme que me cobije tras este nombre que siendo un alias, es más, mucho más que el que figura en los documentos.

Ojalá sea capaz de mostrárselos y ustedes de verlo.

→ la clave está al final

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