La seño Sere

Testimonio compartido

¡le toca a la serena!

Una noche, cuya memoria nunca podrá disolverse en la nebulosa de las rutinas que conforman la mayoría de aquellas noches, gritaron “le toca a la serena”.

Era tarde. Tarde para ese lugar lejos de todo en medio de ningún lugar, que era mi mundo. Entré a la habitación desempeñando el papel que tan bien asumido tenía como parte de mi ser desde antes de haber sido llevada a nosedónde . . . pero, después me di cuenta, las cosas no resultaban como de costumbre.

–       ¿Estás muy apurada? -me dijo . . .

–       Acá los apurados son siempre ustedes, -le contesté.

–       Bueno, entonces busco a otra o vuelvo otro día.

–       Como quieras. Ya pagaste . . . -le dije, mirándolo con desprecio.

Se sentó en la única silla que había en ese antro. Yo me senté en la cama. Hubo un momento de silencio. Le pregunté:

–       ¿Sos trolo?

No dijo nada. Al ratito me preguntó:

–       ¿Qué haces acá, de dónde sos?

Me dirigí a él con una palabra muy torpe preguntando:

–       ¿No sé nota lo que hago y lo que soy?

–       Sí se nota lo que haces. Pero no parece que seas eso que haces.

Otro silencio. Yo lo miraba casi fijamente. Él miraba a veces el piso y a veces me miraba a la cara. Recuerdo que sin darme cuenta me cubrí en parte, como si tuviera frío. Pero creo que fue otra cosa lo que sentí. No sé cuanto tiempo pasó . . . .

No fue mucho, pero lo recuerdo como un tiempo que se mide de forma distinta al modo en que pasaba el tiempo allá, y al que en general también acá suele pasar.

De pronto le dije: ¿me podés hacer un favor? Creo que pensaba decirle que se decidiera. Pero en vez de eso dije: sacame de acá.

–       ¿A dónde vas a ir?

–       No sé, pero quiero que me saques de acá.

–       Si nos pescan te van a moler a palos ¿no?

–       ¿No andas en auto? A esta hora nadie se va a dar cuenta. Tengo dos nenas.

–       ¿Dos nenas? ¡Estás loca!

–       Soy loca . . . ¿no es así como nos llaman?

Hubo otro silencio con esa clase de tiempo que les dije antes. Me levante, salí de allí, fui a la pieza. Levanté primero a Nati para acomodármela en un brazo y luego a Sole en el otro. Estaban dormidas y no se despertaron. Volví a donde estaba él y le dije:

–       Vamos ¿qué esperas?

Tomó a Nati en sus brazos y empezamos a salir. Cuando me di cuenta él había acostado a las nenas en el asiento trasero y yo estaba sentada en el asiento del acompañante. Salió despacio. Llegamos a una ruta y empezó a andar rápido.

Cuando me desperté, él había tapado a la nenas con una manta y me había tapado a mí con una salida de baño. Estaba por amanecer.

–       ¿Querés un poco de café?, me dijo.

–       ¿Dónde estamos?

–       Lejos. Llevamos casi cuatro horas andando. Y me dio un jarrito con café.

–       ¿Adónde te llevo?

–       No sé . . .

Otro silencio. Otro tiempo de esos que se miden distinto.

–       Mira, si te parece te llevo a un hospital. Creo que es lo mejor para las nenas y para vos. ¿Tenés documento?

–       ¡Pero no ves que estoy casi desnuda! le dije, ¿dónde crees que puedo llevar documentos?

–       Bueno, está bien. Lo siento. ¿Te puedo preguntar cómo te llamás?

–       Si podés . . . me dicen la serena. Y esas son Nati y Sole.

–       Bueno, mirá Serena . . . .

–       No Serena. “La serena”.

–       Bien. Serenate y escuchame . .  .

Me hizo gracia el juego de palabras.

–       ¿Qué?, le dije, no de buen modo a pesar de la gracia que me había hecho.

–       Hay un hospital en un pueblo. Si te parece voy a ver si te pueden recibir. ¿o preferís que te lleve a una comisaría? Aunque eso sería un problema para mí.

–       No con la cana no. Prefiero que me dejes en una plaza antes que con la cana.

–       Es que en ese hospital hay unas monjas . . . . tal vez . . .

–       Bueno, vamos; le contesté sin dejarlo terminar de hablar.

Cuando llegamos se bajó y volvió al rato acompañado de dos hermanas. De esas que son monjas y se visten como monjas. No de las que parecen tener el mismo problema que yo sin saberlo tenía: ser una cosa y andar vistiéndose de otra.

Sentí un poco de miedo como no sentía desde hacía mucho tiempo. Miedo sin rabia. Como de niña. Cuando me dijo que bajara, me até fuerte la salida de baño y agarré a las nenas. Una de las monjas me dijo: no tengas miedo, vení, pasá adentro que acá hace frío. Deja que te ayudemos. Cada una de ellas cargó a una de las nenas y yo las seguí. Cuando entramos y cerraron la puerta me di cuenta de que me había olvidado de . . . ni siquiera sabía su nombre.

→Ángel y ángelas

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