La seño Sere

Testimonio compartido

la clave está al final

Tengo treinta y cinco años. Hace tres que soy maestra. Hace casi diez que salí del cautiverio. Es decir que me ayudaron a escapar de aquel encierro, mi encierro. Ya que, aunque en algún sentido fue mi decisión salir de allí, lo repito, si no me ayudaban no hubiese logrado romper el cerco, esa muralla en la cual yo misma me había avenido a permanecer encerrada, a enterrarme en vida como aceptando que era un objeto. Creyendo que persona y ser-objeto-de-muestra-y-uso es lo mismo. No sé si sabía que ser persona es otra cosa. Creo que no. Pienso que cuando lo supe, cuando me sentí tratada como persona, se fue rompiendo poco a poco el hechizo, por decirlo de algún modo, y mi vida dio el paso que me permite contarles ahora como si fuese un cuento, lo que entonces sucedió de un modo tan real que al volver la vista atrás parece imposible el haberlo padecido.

Como dije, al mirar el ayer desde el ahora, a veces no lo creo. Pero es verdad. Llevo en mis ser las marcas de entonces. La memoria podrá fallarme, pero, aunque no soy mi cuerpo, mi cuerpo en sus cicatrices muestra lo que bajo el puente pasó. Mi vida no es un cuento. En todo caso este es uno de los capítulos de la historia, de mi derrotero en esta vida, hoy maravilloso cuento porque por Gracias de Dios la vida es eterna y a mí me doblaron la apuesta.

Casi me olvida. ¡Qué me voy a olvidar! Tengo dos hijas. Por ellas también relato esto. Tal vez principalmente para ellas. ¡Que lindo sería que a algún otro también sirviera!

No soy escritora. No quiero hacer una novela. Simplemente creo que a alguien le puede ayudar lo que a mi me ha tocado pasar. Me dolió mucho lo pasado. A veces todavía me duele. Aunque quiero y me empeño en vivir con alegría este día que me es regalado, cada día casi como sin merecerlo . . . a veces el recuerdo es doloroso.

Además, a veces “afuera” pasan ciertas cosas tan feas como las que pasaban allá adentro y en algún sentido peores, al menos así lo veo yo. Allá y acá solemos tender a vivir como-si, sin ver lo que en nuestras propias narices pasa. Trataré de que no me gane la pena al pasar revista de lo que tengo que recordar para poder contarlo.

Nací en un pueblo de provincia. Allí viven aún mi madre, sus hijos y mis parientes.

Mi padre, dicen que fue uno de la ciudad. No suena bien. Tal vez ni siquiera sea verdad. Esta cuestión no tiene nada que ver con ser del campo o de la ciudad. Se trata de otra cosa que nos aqueja por igual. Me gustaría conocerlo aunque me temo que por ahora sea casi imposible. No se portó bien, como tantos otros a los que también dirijo estas memorias. Pero es mi padre y hubiese preferido poder reconocerlo como tal. Al fin y al cabo me dio la vida, o, mejor dicho, la vida me fue dada por su intermedio . . .

Tengo padre. Casi suena tonto decirlo. Pero no siempre nos damos cuenta de esa obviedad. Ahora de grande . . . ¿cuándo empieza uno a ser grande?, decía, que ahora conozco a mi padre, al que nunca me abandonó . . . pero podría ser distinto.

Puede ser distinto: que cada niño tenga su mamá y su papá. Entiendo que para algunos pueda sonar utópico, pero es lo que la naturaleza indica: no hay más que mirar a los pájaros. Bueno, en un sentido, porque como decía el profe, la naturaleza hace pájaro al ave, ayuda a ser madre a la mamá, pero la crianza hace padre al papá.

Tengo un papá: el que permitió que fuera engendrada por mi padre y mi madre.

El que biológicamente me engendró con mi madre no sé quién es. Ella tampoco lo recuerda. Sabes que siento algo muy raro: no sé quién es pero lo quiero. Deseo con todo mi corazón que sea buena persona. Me siento agradecida de haber recibido la vida a través de él. Seguramente la tontera que cometió no hace de él un tonto. Se equivocó. ¿Quién no se equivoca? Se habrá dejado llevar. Espero que no sea un hipócrita de los que sostienen como bueno sus malas cosas, y que se haya corregido. Que haya criado hijos que le amen como. . . sin que él lo sepa le amo yo.

Mi mamá . . . estoy empezando a conocerla. Es decir desde hace unos años. Aunque al principio le reclamé muchas cosas. Injustamente. El dolor todavía me dolía con ese rasguño agrio que lacera como herida vieja al recordar el abandono, el abuso padecido como pan de cada día mezclado con la culpa, con la complicidad no reconocida.

Durante casi quince años mi mamá y mis parientes no supieron nada de mí. Dicen que al principio me buscaron, que desde entonces mi mamá empezó a ser mamá de mis hermanos. Les dio un padre. Y aunque todavía no lo siento tan claro, creo que desde entonces me dio un padre también a mí. Ahora estoy empezando a verlo así.

A mi madre le estoy agradecida por haberme dejado vivir. Tanto más agradecida cuanto más recuerdo que hice lo mismo sólo con dos de mis hijas. Porque . . . ¡Díos mío y Señor mío! . . . tengo otros . . . qué pena tan grande no haberles dado la oportunidad de compartir esta vida. En medio del dolor siento que ellos también me han ayudado. No sé cómo, pero lo creo. De lo contrario se me hace imposible seguir viviendo. Jamás debí llegar a eso. Pero lo hice . . . o me avine a ser cómplice de que nos lo hicieran, a ellos, a mí, a ustedes.

→ de mostrenca a nosedónde

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