La seño Sere

Testimonio compartido

de mostrenca a nosedónde

Resulta que a los quince me mostraba provocativamente. Era . . .  ¿se entiende? No hace falta que sea más explícita. No sé por qué. No quiero echar culpas. Me cuesta decirlo. Pero la verdad es que hoy veo que andaba provocando a los hombres y compitiendo con mis amigas a ver quién mostraba más, a ver quién se conducía con más descaro ante los muchachos en la escuela, en la calle y en los boliches.

Casi nadie me decía nada al respecto, y los que me dijeron algo recibieron mi provocación y desprecio como respuesta. Creía que podía hacer lo que me venía en gana y lo demás era problema de otros. “Que no miren” le contesté una vez a mi abuela cuando me dijo algo respecto a la forma en que me vestía. Pero la verdad es que yo disfrutaba sintiendo cómo me miraban y cómo me deseaban. Eso me hacía sentir importante.

Provocar a los hombres y competir con mis compañeras me hacia sentir poder. El poder de la revolución ubrera que no sólo muy a pecho nos venimos tomando, como en tono de broma pero muy en serio dice mi amiga Pilar. No sé si entonces lo pensaba así. No. Pero ahora lo describo de esa manera. Creo que entonces sólo sentía con una parte, no pensaba. En algún sentido no sabía pensar. La interpretación no importa mucho. Lo que cuenta es lo que de algún modo ayudé a desencadenar por mi forma de conducirme, de mostrarme, de provocar sin consideración a los demás. Lo que más me pesa es haber creído esa estupidez de que uno puede hacer lo que quiera . . . como si fuese posible zafar de las consecuencias de lo que uno elige . . . ¡Qué mentira!

Sólo me importaba lo que me hacia sentir bien. ¿Bien? ¿sentirme bien? . . . ni siquiera eso es cierto. Otra forma del egoísmo a cuyo servicio fueron inmolados más de diez años de mi vida. ¡Carísimo me costo ese engaño!

Ya se imaginarán a dónde fui a parar.

Caí por un tobogán ignorando dónde terminaba. Ni siquiera sabía que estaba cayendo. Me creía una picante, una canchera, una liberada ¿quién me iba a decir algo?

Una noche, en un boliche me dieron algo de tomar, eso pienso. Cuando me desperté estaba en un lugar que no conocía: nosedónde.

De ese lugar no salí durante los próximos diez años de mi vida. Allí nacieron mis dos hijas. Allí viví con otras ¿cuántas? que como yo eran objetos de uso alquiladas por un rato a los que considero unos de los principales responsables de que ese tipo de negocios siga existiendo. Conocí a varias de mis compañeras, pero sólo unas pocas estuvimos mucho tiempo juntas. A la mayoría las cambian frecuentemente de lugar. A algunas a veces las vuelven a traer al mismo lupanar, pero es raro. Muy pocas son dejadas en un mismo sitio.

Las que convivimos casi todo ese tiempo, esas son mis hermanas, las tías de mis hijas. Mis nenas crecieron sus primeros años en medio de este escenario. Salimos antes de que la mayor cumpliera cinco años, pero creo que se acuerdan. Al menos de sus tías la mayor se acuerda. Sus dos tías también salieron.

Mis hijas nacieron porque yo mientras pude no dije que estaba embarazada.

Generalmente cuando una queda embarazada te dan algo “para que te limpies”. Pero esa vez no me di cuenta. Estaba tan mal conmigo misma que no me di cuenta hasta que me lo hicieron notar mis compañeras. No sé porque me opuse a que me tocaran. Para no correr riesgo no comía ni tomaba nada que no me diera una de mis hermanas.

Me obligaron a seguir “trabajando” hasta que ya no pude más. A algunos parece que les gustaba en ese estado. Supongo que les daría lo mismo. Ellos en general no buscan una mujer, sino un objeto para satisfacer lo que creen es “su necesidad”. La otra cara de la misma moneda que ayudé a acuñar con mi conducta quinceañera. Yo tampoco sabía la diferencia entre ser tratada como persona o como un objeto. Hubo una excepción. Ese es una de las causas de este relato. Una de las causas del relato y la principal de mi huída, o de mi regreso a la vida, mejor dicho.

Tener a Nati fue un regalo maravilloso. Había alguien que me quería, que me necesitaba y tenía algo de qué ocuparme. Tal vez no suene bien, pero “tenía algo mío”. No sé cómo decir lo que ella significó en mi vida. Algo en mi se despertó. La atendía todo el tiempo y hasta hacia lo que me obligaban de buena gana con tal que me dejaran pasar el resto del tiempo con ella. Nati fue mi primer refugio en la vida.

A Sole la busqué. Tal vez por instinto, tal vez por egoísmo. No sé. Creo que porque Dios así lo quiso. Pero, ni bien Nati empezó a caminar empecé a hacer lo que pude, es decir dejar de tomar lo que me obligaban. Y esta vez me cuide para que nadie se diera cuenta. Cuando me descubrieron me castigaron duro. Me quitaron a Nati. Pero no sé por qué no aflojé. Prometí que nunca más lo haría. Me dejaron otra vez a Nati y finalmente nació Sole. Eran mi vida. Son mi vida. ¡Dios me perdone! Sé que son Sus hijas, que me las dio para que aprendan que son de Él, pero siento que son mi vida.

No sé cómo ni porqué una de mis hermanas me enseño a rezar. Por las chicas me dijo, para que ellas no tengan que pasar lo que nosotras estamos pasando. Yo no sabía muy bien lo que quería decirme. Pero lo creí y empecé a rezar y a rezar junto a mis hijas. Allí en medio de esa cárcel . . . no lo puedo creer, pero mi papá estaba allí.

→ ¡le toca a la serena!

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